Textos críticos.

Pablo De Monte: Un pintor amenazado

La obra de Pablo De Monte tiene un eje-casi una obsesión-que estructura siempre su imagen y su discurso plástico: el desnudo. También hay una línea argumental-casi un leit motiv-que define siempre su relato: la sospecha, el enigma, la amenaza, lo que podría ser.

Sus hombres y sus mujeres son provocativos pero no en su desnudez, no en sus cuerpos, sino en la posible historia que viven, siempre anhelantes, siempre en una acción obvia pero suspendida-igual que en sus cajas con muñecos articulados-, expectantes y sin anécdota. Escenas en baños-con sus perspectivas lineales aceleradas y sus señales de tránsito amarillas- donde los desnudos imponen su presencia básicamente corporal. No hay individualización, no existen los rasgos particulares ni las expresiones. Sus figuras son presencias físicas, ambiguas y andróginas en muchos casos. Sus personajes están fuera del tiempo aún ubicados en la realidad concreta de baños o rutas. Son espacios cotidianos, reconocibles pero mágicos en el ascetismo de si representación, en la potencia de su estructura, en lo decidido de sus contornos.

La imaginería de De Monte se construye en el cruce de múltiples códigos de representación: desde las revistas de físico-culturismo, hasta los desnudos de Wesselmann, pasando por Botero, Diulio Pierri y D’Arcangelo. Se interesa por Pat Andrea y recuerda de su infancia las cajas pop de Antonio Seguí; lee a Mishima, Martínez Estrada y Truman Capote; le gusta el cine negro.

El dibujo es la clave de su oficio donde el color-monocorde en la serie de los baños, más decidido en las rutas- es todavía una búsqueda, un terreno de sensaciones y experiencias renovadas.

El pintor equilibra la imagen clásica con los guiños de la historieta o la animación; se mueve entre la realidad diaria y la invención realista; trabaja al mismo tiempo la sensualidad de lo desnudo y la  construcción esquemática de cuerpo mecánicos; pone en escena personajes que protagonizan una historia no contada; aparecen cuchillos y revólveres pero no hay ni víctimas ni asesinos sólo la amenaza y la posible violencia; hay hombres y mujeres desnudos pero no existe encuentro; son hombres y son mujeres y son andróginos y hermafroditas.

En síntesis, en la forma y en el color hay nitidez y definición; en la imagen y en los relatos ambivalencias y ausencias. Siempre hay búsquedas secretas.

 

Marcelo Eduardo Pacheco

Buenos Aires, Marzo 1992, prologo para catálogo de la muestra  “De Monte”, galería Jacques Martinez, Buenos Aires.

 

El perseguidor de la cosa.

Con registros diversos, Pablo De Monte busca mostrar en sus obras lo que no puede nombrarse porque no se sabe qué es.

Dos figuras desnudas geometrizadas. Un hombrecito pintado en bajo relieve, es decir, en una superficie como cavada en la del cuadro, y una mujercita en cuatro patas. Sobre ellos, una forma abstracta, como un cuadro de marco recortado, puro celeste pastel, moviéndose como péndulo.

Un cartelito se enciende en la base de esta obra y pregunta: "¿Qué cosa está detrás de la imagen?" ¿Es el sensor que lo prendió? ¿El personaje masculino, cavado? ¿Las alusiones sexuales? ¿Esa especie de nube que parece caída del cielo? Contesta el autor, Pablo De Monte.

Hubo ésas y otras respuestas.
¡Bienvenidas! Siempre interpelamos a la obra y lo que me gusta de ésta es justamente que interrogue directamente ella.

­ Pero...
­ Pero yo tengo una respuesta.

Creo que toda pintura muestra una cosa y esconde otra, aquello que es impermeable a las palabras, que no podemos nombrar porque no sabemos qué es. Eso es lo que me interesa perseguir. Esa `cosa’ a la que intentamos volver para huir del vacío, ese secreto que el arte puede sugerir como punta de un iceberg, que está más allá del muro del lenguaje, lo que Lacan llama lo `real’. Esa búsqueda es lo que me hace pintar.

Las piezas emblemáticas de este artista ­cuyo trabajo reciente exhibe Jacques Martínez en la muestra La cosa detrás de la imagen ­ siempre están pobladas por personajes desnudos, rígidos como tótems, que nacieron en una serie sobre exvotos. Y sus piezas siempre se alimentan de la academia y lo popular, de Lacan y de los cuadritos con aerógrafo que se venden en la calle. De hecho, compró el bosque de "¿Qué cosa está detrás de la imagen?" a otro pintor y las alitas de "Hombre mariposa", en un negocio de adornos made in China.

El artista crea y fusiona imágenes. Combina, sin disimulo, figuración y abstracción, bajorrelieves, Madí, arte cinético o pop.

"Son registros diversos ­dice­ que pueden ayudarse o parodiarse. Me gusta la idea de De la obra al texto , de Roland Barthes, de que una obra es un fragmento de un gran texto que contiene y articula todas las obras. No pienso la obra como algo cerrado, sino como parte de un gran discurso, que me excede. Y que está hecho de un cortar y pegar imágenes y vivencias, que vamos cambiando todo el tiempo". Lo importante, dice, son las relaciones entre imágenes. Las conexiones o su ausencia.

"¿Qué cosa está detrás de la imagen?" y "Hombre mariposa" son trabajos experimentales, juegos de armado y encastre, exploraciones sobre el espacio, la comunicación, las posibilidades de convivencia de lo distinto, que presenta en una pequeña sala. En la más amplia, exhibe su pintura clásica, renovada. Está hecha con el magnetismo del vacío y la extrañeza de la pintura metafísica y versiones varias de cables que surgieron de una manguera pintada por David Hockney, de conos punzantes que reemplazaron a las flechas en sus trabajos sobre San Sebastián o de una gran espiral inspirada en Vértigo , la película de Hitchcock. Sus protagonistas están cada vez más simplificados. En los cuadros de Te convertirás en sal, la muestra que presentó en 2009 en el Centro Cultural Recoleta, había invariablemente dos figuras pétreas con rasgos de mujer u hombre. En algunas de estas obras hay sólo fragmentos de esos cuerpos.

Una cabeza inmensa, como vista desde atrás, con el rostro encubierto. Formas orgánicas que aluden a los genitales masculinos. Y, entre ellos, suspendidas, otras formas de los cables. Sogas flojas, nudos enredados, biombos, un cuadrado negro como el de Kasimir Malevich o como el que cubre las tapas de las revistas pornográficas.

Una de esas piezas, "Table dance", alude a las tarimas donde se hace striptease. Lo que más se ve entre tanta desnudez es el ocultamiento. La depuración de las formas no hace más que amplificar el enigma. ¿Qué es la cosa? Como dice el artista, citando otra vez a Lacan, estas abstracciones sugieren, con menos distracciones que sus piezas anteriores, sin "ornamentos", que hablan de un tercero que no es visible pero está.

"Puede ser el espectador, el autor, no sé quién, qué. La madre, volver a la unidad completa con ella. A mí me hace pensar en que lo `real’ lacaniano es un agujero que la religión quiere tapar; la ciencia, explicar, y el arte, vislumbrar, aproximar, con la suficiente mediación como para que no te liquide".

Podemos mirar esas piezas así, sin temor a caer del campanario, como en la farsa de Vértigo. Ni en las teorías que el artista dice encontrar en los cuadros terminados como ecos de sus lecturas y preocupaciones más profundas. Podemos mirarlas así, con más curiosidad que impacto emocional total o bagajes eruditos, quizás por ese look de muñequitos, de cómic, que tienen sus actores. Porque están flotando en fondos rosas, amarillos y colores que vibran o que chorrean para amortiguar tantos bordes filosos, tiranteces, rectas. Y porque incluso las figuras que todavía dan la cara mantienen sus miradas firmes, como rayos fulminantes, pero nunca llegan a cruzarlas.

 

Judith Savloff – Revista Ñ – 03/12/10

 

 

El límite oculto del bosque

Hay algo del universo de Tim Burton en ese extraño bosque de árboles simétricos, prolijos, podados con parsimonia exasperante. Me imagino a Edward esculpiendo en ese sitio donde termina el bosque. Ahí está, con sus manos atrofiadas, dando forma a todo lo que se le cruza: por sus tijeras pasan cabelleras, canteros y árboles hasta césped tan perfecto como el de “La naturaleza de lo natural I”. Ese extraño universo de Pablo De Monte me recuerda al pueblo aletargado al que llegó el entrañable Edward de manos filosas, inmanejables para las caricias pero avezadas para el arte. Creadoras de alucinadas esculturas de hielo. Estamos en la galería Jacques Martínez, en Donde termina el bosque , la muestra de Pablo De Monte que reúne pinturas de gran formato y objetos escultóricos.

En las obras de De Monte habita un mix bien singular: los tonos pasteles junto con los colores intensos saturan la retina. El ojo queda extasiado. En esta última serie de pinturas, el artista se mete cada vez más con la abstracción. Las figuras, que parecen talladas con gubia, se van diluyendo y avanza el cruce con el cinetismo, el Madí, el op-art y el color bien pop. El ojo vuelve a vibrar. La perspectiva irreal y las imágenes desnudas, fragmentadas, se mezclan con formas abstractas. Los personajes de las pinturas parecen flotar en ese extraño espacio. Le gusta a De Monte jugar con formas y colores: huye de cualquier equilibrio compositivo a puro efecto óptico y tensión formal.

Cuenta el artista que muchos de los temas de sus obras surgieron a partir de la lectura de Lacan y de Gérard Wajcman: “Vengo explorando la relación entre imagen y representación, me interesa la idea de la imagen ausente: aquello que está más allá del lenguaje, que no se puede representar”.

Al ingresar en la primera sala, uno se topa con un simulacro que obnubila: dos fabulosos objetos con motor y dispositivo sonoro. Son jardines y, al tiempo, increíbles flippers hechos con productos comprados en el barrio chino. “Esa idea del espacio natural, incontaminado, es una invención: ya cuando el hombre mira un sitio lo invade, deja de ser ´natural´”, dice el artista.

Esos objetos con dispositivos sonoros y de movimiento son un grotesco kitsch, bello, alegre. Antinaturaleza pura y dura. Allí, con movimientos rústicos, avanzan luminosas libélulas entre caracoles, junto a una bella cascada de luces azuladas. “La mirada que atañe a la obra de arte no tiene que ver con lo fisiológico, con lo retiniano: cuando ves una obra, te encontrás con el deseo del otro. Me fascina el encuentro entre esas dos miradas, la del artista y la del espectador”, dice De Monte.

Con rudimentarios dispositivos de simulación, en esos toscos y fantásticos jardines el concepto de natural entra en crisis: “Al ser un simulacro de lo real ya no se opone a lo artificial, constituyendo una simulación de la naturaleza, que si es eficaz, reemplaza o sustituye lo real. Los Jardines desarrollan un espacio controlado, inocuo, donde la amenaza de lo natural está ausente”, dice el artista.

¿Cuál es la verdadera imagen? ¿La que golpea a diario o la que soñamos insistentemente? Estas son algunas de las cuestiones que parece plantearse De Monte. En muchas de sus pinturas el título le escapa a la imagen. Y en ese juego con el lenguaje, algunas obras de series anteriores con detectores de movimiento lanzaban preguntas al espectador: un cartel luminoso disparaba interrogantes como: “¿Qué cosa hay detrás de la imagen?”.

Le gusta a De Monte mezclar la cultura popular con la que habita museos y galerías. De una imagen de la Basílica de Guadalupe que vio en México DF tomó la idea de incluir en sus obras ese dispositivo con luces con el que se representa la aureola. Y en obras anteriores intervino pinturas de un artesano de la calle Florida que trabajaba con aerógrafo: desató sobre paisajes de ciencia ficción un universo fabuloso.

En los trabajos de De Monte, el diseño y los grafismos tienen mucho del trazo de la gubia en la madera. Las figuras, con estética de cómic, están ahora reconcentradas en la escena que habitan. Acaso como un efecto paradojal, estamos en ese sitio siempre ausente. Se percibe una tensión latente: los personajes como maniquíes, ensimismados, jamás cruzan las miradas e ignoran al espectador. Algunos parecen flotar; otros, eyectarse de las telas. Los colores saturados estallan en la retina. Las libélulas de tonos soñados vuelan sincronizadas, hay formas extrañas que se mueven como un péndulo, la cascada infinita se vuelve azul, violeta fulgurante. Ya no quedan dudas: estamos cerca de donde termina el bosque.

 

Marina Oybin – Revista Ñ 17/12/12

 

Pablo De Monte

(...) En los cuadros, los datos reales, los árboles, los arbustos, etc. se han transformado en signos. Las rutas hacia el infinito han dado lugar a conos geométricos que forman parte de estas secuencias no narrativas, así como también los discos de círculos concéntricos. Otro rasgo característico son los horizontes marcados con un halo luminoso, que rememoran la pintura metafísica de De Chirico y de Aizenberg. Finalmente una última información nos da otra clave: las líneas de árboles en perspectiva, cuyas sombras a menudo no corresponden con su objeto, sino que son sorpresivamente señales circulares.

 

Mercedes Casanegra - Prologo para catálogo, Galería Julia Lublin, Julio de 1995, Buenos Aires.

 

(...) De Monte asume el cruce de un abanico de confluencias: trabaja una figuración geometrizante, emparentada con los trazos sintéticos del comic; compone climas de ascendencia onírica, acaso surrealista, con evidentes implicancias metafísicas; incluye costados de experimentación óptico- cinética, espacialmente en los relieves de bordes redondeados que presenta en esta oportunidad junto a las pinturas.

 

Eva Grinstein, Prologo para catálogo, Galería Art House, septiembre de 1998, Buenos Aires.

 

(...) De Monte busca ubicarse en su tiempo, sin olvidarse de la larga trayectoria de la pintura que lo antecede; sabe que es un artista de los ´90  y que esta realidad requiere una actitud distinta,(…)De Monte a logrado realizar en esta época de la desconcertada posmodernidad, evitar la tendencia Light, cargando sus citas históricas con una significancia válida que solo puede emerger a través de la buena pintura. Para el la pintura en sí, sigue siendo un vehículo válido para expresarse.

 

Edgard Shaw. Revalidando la vigencia de la Pintura, prologo para catalogo, Galería Tema, abril de 1997, Buenos Aires.

 

(…) en este final de siglo cibernético e informático, no podemos obviar la presencia de los productos artificiales como un inexorable paisaje que rodea nuestra vida. Las figuras, los interiores, los paisajes naturales, aparecen en la obra de Pablo De Monte como productos sintéticos. ¿Se trata del triunfo de lo inorgánico o de una crítica metáfora a ese triunfo?

 

Raúl Santana. Apuntes sobre la obra de Pablo De Monte, Prologo para catalogo, Centro Cultural Recoleta, 1998, Buenos Aires.